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martes, 16 de febrero de 2016

espacios vacíos

Por soledad
me desperté
a los trece años,
mi útero lleno
de golpes
de sangre
que no corre
muslos abajo.
Por soledad
dejé correr ríos
en mi interior
dejé crecer
con gusto
mi vientre
hasta que estalló
la bomba
y se llevó
el resto de mi vida
consigo.
Por soledad
clavé en mi espalda
el dolor
ajeno a mí misma
y bocanadas de cariño
fingido.
Por soledad
mantuve personas
rotas
en mis entrañas
y por soledad
las abandoné.

domingo, 6 de diciembre de 2015

La metamorfosis

1

Puede que haya despertado, o simplemente que en mi sueño haya tomado consciencia de mi existir. En un mundo en que el cambio es lo único inmutable, yo amanezco postrada en un blancor nebuloso. Aún semi-despierta, el blanco roto de olor a lejía en los muros del hospital se entremezclaba con una blancura límpida, impura al contacto de mis retinas.
Noto dolor en la ausencia. Miro hacia donde debería estar mi brazo y siento el contacto de las sábanas rasposas en mi no-extremidad. Hago un amago de rascármelo para aliviar un picor, como de urticaria, y me veo cortando el aire con mi mano izquierda, la dejo caer encima de mi pecho.
Los puntos de sutura a la altura del hombro derecho me duelen en los ojos, como si la aguja del practicante se hubiera hundido en ellos. Sigo mirando repugnada las costuras de mi hombro, y me siento desfallecer. Parecen párpados cosidos, antología de sueño impuesto en consciencia.
Una enfermera con patas de gallo, y dos brazos, me inyecta un calmante en el brazo y caigo rendida en cuestión de segundos.

0

Era verano y llegaban nuevos inquilinos a los pisos de alquiler del edificio de Vera. 

Vera, Sora y nuevo vecino salen de fiesta.
Beben un poco,
un poco más
un poco más,
arrancan el coche
giran a 180 en varias curvas
llevan vivos a casa
Vera y Sora beso
nuevo vecino, despechado,
mata a Sora
y a Vera, piensa
da la espalda a la escena
cae por una escalera
y su cuello crac
se baja el telón.

-no, no sabemos nada más, agente, sí, le llamaremos con cualquier nueva noticia-

2

Firma los papeles del alta sin la alegría que se le presupone, y se encamina a la calle escoltada por sus preocupados padres y el policía que habla con ellos aquel momento. Por primera vez en sus 21 primaveras, Vera no es contagiada por el gozo con los primeros rayos de sol en la neblinosa ciudad en que vive. 
La persona con la que ha compartido los últimos cuatro años no está. Su casa, precintada por la policía, aún con restos de sangre seca en los escalones de la entrada, no está. Su brazo derecho no está. El peso de la ausencia cae sobre la frágil Vera, la encoge al ritmo de los latidos de un corazón. No el suyo, sólo uno. 
Unos pasos más allá del hospital, dos guardias civiles pretenden contener una masa de mujeres sofocadas con pancartas contra la violencia de género. Alguna chica perdida, con los pechos desnudos, reclama un free the nipple, que nunca queda de más.
Vera se reconoce como una de ellas y se encoge aún más en su tierno cuerpecito. Se retrae y empieza a menguar hasta convertirse en una bolita membranosa aferrada a sí misma. Echa a rodar por el suelo y el viento la lleva a suelo estéril, muy cerca de un parque a las afueras de la ciudad.

7

Ayna camina por el parque, aferrada a la mano de su mamá, con sus botines de charol recién embetunados y los rizos rubios recogidos en un puñado de menudas trencitas. En un descuido de mamá, Ayna recoge del suelo una semilla y se la mete en la boca, a escondidas de su madre. 
Siguen caminando hacia casa. Como todas las tardes al volver del colegio, pasan por delante del edificio abandonado, el que tiene aún las cintas que ponen "no pasar", dónde van los mayores del colegio por la noche a contar la leyenda de los tres chicos asesinados por un espíritu de la casa. Normal que nunca quiera vivir nadie ahí, piensa la niña, y sin querer tropieza en uno de los adoquines astillados. 
La semilla se desliza por su garganta y se adhiere a su interior. Ahí empieza a crecer. Aunque, claro, ella no lo sabe.

12

Sí, oye, tenemos que hablar sobre Anya, el divorcio le ha afectado demasiado. No lo sé, ¿cómo voy a saberlo? Marga, la del quinto, me dijo que es normal a su edad y que la llevara al psicólogo. Claro que la llevé, yo me preocupo por nuestra hija, no como otros... no, no. Eso le pregunté yo, pero no entiendo que le ha dado a esta niña. Sí, dice que la llamemos "Vera"...

lunes, 12 de octubre de 2015

Piel (VI), ausencia de...

Abrazo la ausencia
la no-materia
en mi cama
piel rozando
las sábanas
sucias
de olor a sudor
a sexo
a sueño.
Mi amor
inmaterial
desaparece
las madrugadas
tras de sí
un vacío
lleno de ansias
devora
el tiempo.
Despierto
empapada en sudor
de la ausencia de tu cuerpo
naufrago
de nuevo
en las mareas
de tus ojos de cristal,
que todo lo ven
en condición
inmaterial
de piel
contra piel.

domingo, 30 de agosto de 2015

Cuando Vera soñó a Soren

"Las caras que ves en tus sueños las has visto en algún momento de tu vida".
Vera se decía a si misma que sí, que en otros sueños. Se autoconvencía. ¿Que por qué? Pues porque el amor había llegado a ella, en forma onírica, en psicodelia desordenada y fantasía adornada de espacios pintorescos sin leyes de la física y sin héroes de Disney.
Nunca le dijo su nombre, ni le regaló rosas mustias por San Valentín, ni un collar por su cumpleaños. Tampoco iba a buscarla en coche los sábados a mediodía, ni comentaban banalidades por mensajes al móvil.
Vera le puso nombre. Soren fue para Vera lo que Maude fue para Harold.
No se necesitaban, no se buscaban, no eran mitades de una naranja destinadas a unir sus bordes mutilados por el cuchillo del destino. No. Vera y Soren se encontraron en un sueño de ella, y volaban por el espacio y el tiempo como en una cutre película serie B.
Que Soren no existiera en el Universo racional de Vera no era un problema.
Veía su cara alargada en las baldosas de la calle, jugaba a buscarle en cuadros abstractos y pasaba horas enteras en el museo, en la sala de Pollock, dibujando mentalmente a Soren en las pinceladas viscerales de los cuadros.
La vida pasó y Vera quiso buscarle. Y lo encontró en un álbum de fotos de su madre, que siempre ojeaba cuando pequeña.
Soren tenía nombre y apellidos, mucho más comunes y menos exóticos que el filosófico apodo que Vera le había puesto, pero era él, su cara, su expresión, el verdor de sus ojos tristes.
Y ni siquiera protagonizaba la foto. Era un recuerdo del servicio militar del padre de Vera. Su Soren era un teniente de uniforme que salía en una esquina de la instantánea tomada al regimiento. No sabía cómo sentirse, no lo imaginaba así. Le creía poeta, bohemio, con Serrat en los oídos y la pluma entre los dedos.
Bueno, era él. Llamó a su teléfono y una chica de su edad le contestó que papá no estaba en casa. Vera está helada y las palabras se amalgaman en torno a su garganta pero no llegan a salir.
Cuelga el teléfono.
Vera recorre una larga procesión hacia el dormitorio materno.
Somníferos, con receta, claro. Vera duerme en cuestión de minutos. Allí se encuentra con Soren que la espera sentado en el césped.
Le grita, le tira las fotos, los recuerdos van llegando en forma de nubecitas con imágenes en movimiento y Vera las destruye. Soren llora. Y Vera grita.
Ya no le volverá a soñar.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Piel (III)

Tenía nueve años
y me tocaba las manos

con las yemas de sus dedos
me rozaba la piel hasta erizarme

llegó nueva al colegio -pero-
era ya antigua en mi vida

leía mi mano y sus caminos
letras volubles como el humo

salían de mis palmas
y ella las inspiraba.

Trazaba con el borde de las uñas
las líneas imantadas

y siempre mi mano y su mirada
el ceño fruncido analizando

mis manos goteando de sudor
las suyas frías sosteniéndolas.

Mientras el tiempo nos vió pasar
sentada siempre a mi vera,

mis manos nunca fueron para ella
otra cosa que libros abiertos,

compilación de cuentos
y antología poética

con dos niñas
de personaje principal.

Escribo con diecinueve,
Vera ya no me lee las manos

con su ausencia las páginas
se arrancaron

la tinta me la absorbió la piel
y las letras se borraron

pero volteo las palmas
y leo su nombre.

domingo, 16 de agosto de 2015

Piel (I)

Mudar la piel
dejar una cáscara vacía
tendida
en medio de la acera
y correr
en carne
¿viva?
la piel mata, la piel te esconde
la piel te inhibe
la piel te etiqueta, te pone límites

piel muerta
¿piel tuvo vida?

la corteza oculta lo blandito
no se come
se pela
y se tira

Vera es fruta
se desprende de ella
y se tira
por la ventana
a la calle
al grito de
¡cuidado!
cuidado que va
la gente incómoda
no miran
cambian de acera
la rodean al pasar

y Vera camina desierta
des-nuda
des-tapada
des-vestida
des-armada

en carne
viva o muerta
es Vera en esencia
de espaldas
a su piel

des-hecha.

jueves, 13 de agosto de 2015

Cuando Vera no podía soportar la tristeza que se le venía encima, descolgaba el teléfono, se encerraba, desaparecía. No estoy más que para mi misma, apagada y fuera de cobertura, con la batería al mínimo, Vera miraba y remiraba el techo en busca de musarañas, pero sólo se le aparecían pequeños problemas pendiendo de un hilo fino en las esquinas.
Se armaba de paciencia y plumeros y las barría, las desordenaba, caían al suelo y tejiendo bolitas pasaba las tardes, escondidas debajo del sofá junto a un par de monedas olvidadas y las facturas de la luz.

miércoles, 12 de agosto de 2015

El coste de la libertad

Las facturas forman un mantel en la mesa de la cocina, mezcladas con periódicos de varias semanas anteriores, escondidas debajo de los restos de comida china del almuerzo. Vera dormitaba en el sofá, con el mando a distancia en una mano, y un pitillo casi apagado en los labios. Es imposible saber cuanto tiempo lleva así, los ojos fijos en la pantalla, desganada, sin intención de moverse o hacer algo, Vera muere en vida.
Es una niña bien, pero no es malcriada, no es caprichosa, no gasta más de lo que necesita tener, Vera es austera. La ropa sucia se amontona debajo de la mesa, vive sola, aún piensa que va a lavarse y recogerse sola, y viste la última camiseta limpia que queda.
Antes iba a la Universidad. La pagaban sus padres, pero no era lo que quería, no quería clases, leyes, profesores. Vera dejó los estudios y trabaja de camarera. O solía hacerlo. Creía que la libertad salía más barata, pero ni siquiera está ahora segura del concepto.