viernes, 14 de agosto de 2015

Flor

Tu cuerpo más que sueño,
es cercanía de la angustia
del dolor de la humedad
escondida en los pétalos de una flor
que se abre al amanecer.

Ven y despierta la flor del letargo,
que sólo con tus labios puedes
son éstos la llave y al fundirse
en la piel desnuda
abren cualquier cerradura.

A ciegas, sin manos, 
siente en la punta de la lengua
el sabor del rocío, de una noche
a la intemperie de tu cuerpo
no has dejado pasar el frío.

jueves, 13 de agosto de 2015

Cuando Vera no podía soportar la tristeza que se le venía encima, descolgaba el teléfono, se encerraba, desaparecía. No estoy más que para mi misma, apagada y fuera de cobertura, con la batería al mínimo, Vera miraba y remiraba el techo en busca de musarañas, pero sólo se le aparecían pequeños problemas pendiendo de un hilo fino en las esquinas.
Se armaba de paciencia y plumeros y las barría, las desordenaba, caían al suelo y tejiendo bolitas pasaba las tardes, escondidas debajo del sofá junto a un par de monedas olvidadas y las facturas de la luz.

miércoles, 12 de agosto de 2015

El coste de la libertad

Las facturas forman un mantel en la mesa de la cocina, mezcladas con periódicos de varias semanas anteriores, escondidas debajo de los restos de comida china del almuerzo. Vera dormitaba en el sofá, con el mando a distancia en una mano, y un pitillo casi apagado en los labios. Es imposible saber cuanto tiempo lleva así, los ojos fijos en la pantalla, desganada, sin intención de moverse o hacer algo, Vera muere en vida.
Es una niña bien, pero no es malcriada, no es caprichosa, no gasta más de lo que necesita tener, Vera es austera. La ropa sucia se amontona debajo de la mesa, vive sola, aún piensa que va a lavarse y recogerse sola, y viste la última camiseta limpia que queda.
Antes iba a la Universidad. La pagaban sus padres, pero no era lo que quería, no quería clases, leyes, profesores. Vera dejó los estudios y trabaja de camarera. O solía hacerlo. Creía que la libertad salía más barata, pero ni siquiera está ahora segura del concepto. 



martes, 11 de agosto de 2015

Mirada borrosa

Tú eres la imagen que tengo de ti
para mí distorsión es tu rostro
nada me gusta más
que quitarme las gafas para verte.

Así eres tú, y no sólo tú,
también las manchas
que forman las calles
regadas de sol y de personas,

que no te miran ni se giran al pasar,
ni dan los buenos días al caminar

también, también ellos son tú
cuando mi mirada borrosa
no te distingue de lo demás
y los quiero a todos para quererte.

Tú eres puntos de colores,
que veo cuando cierro los ojos
eres psicodelia en blanco y negro
y Casablanca en color.

Nada me gusta más
que quitarme las gafas para verte
derramar la miopía 
en mi campo de visión,

confundirte y confundirme
acercarme a ti sin máscaras
y sin armas, y hacerte la guerra 
dejando las gafas en una trinchera.


jueves, 2 de julio de 2015

El pedófilo de la estación

Suelo sentarme en la parte más alejada de la estación de guaguas, el banco antisocial, desde el cual puedo ver todo sin necesidad de participar activamente en el acto social, en la conversación e intercambio. Y esta vez no se trata de una excepción, me recosté con un pitillo en los labios, en mi sitio habitual, y esperé.
Un hombre de mediana edad, con un jersey de colores que una vez pudieron ser vivos y chillones, con manchas y descosidos, caminaba en círculos. Pero caminaba en círculos cerrados, nervioso, mirando a su alrededor y comprobando toda persona que pasaba. Las cuatro menos veinte, apenas hay en la parada dos chicas de mi edad y una señora mayor, las ignora y a mí no me ve en mi escondrijo.
Me suena de algo. No su cara, que por mi miopía no llego a distinguir y se me aparece difuminada como los colores de su jersey, sino esos nervios, los pasos torpes en círculos, el crujir de sus manos retorcidas y esa expectación, ese buscar algo que no llega.
Las cuatro menos cuarto. La canción que taladra mi cabeza se acaba, el sol está un poquito más cerca y me da en plena cara, gotitas de sudor me recorren la espalda y me muevo hacia la sombra. Me levanto y mis ojos se cruzan con los del hombre, y me mareo. Sé quien es, por supuesto que lo sé.
Vuelan en mi mente fragmentos de conversaciones: mi madre diciéndome que volviera a casa temprano, dando un rodeo para no atravesar la estación. Unas señoras jóvenes, a la puerta del colegio, comentando indignadísimas muchas cosas que se oían por ahí y que yo por mi edad no pude entender. El periódico que lee mi padre por las mañanas, y fotos en primera página de mi pueblo, de la estación por la que solía pasar todos los días y que después de eso tuve que rodear al volver a casa de noche.
Claro que sé quien es, pero él no sabe quién soy yo.
Cuando sus cuencas vacías y llenas de visiones podridas se alinearon a mis borrosas lentes, lo vi con asombrosa claridad. Hace mucho tiempo de eso, y yo era aún una niña, de colegio primaria con mis trencitas apretadas y empapadas de colonia, con las rodillas peladas de golpes y caídas y camisetas de Digimon.
Junto a mis vecinas, al salir de clase acortábamos por la estación para llegar a casa a tiempo de ver los dibujos. Y estaba él. Y miraba. Nunca se acercó, ni habló con nosotras, no se atrevió a darnos nada ni a tocarnos. Pero no nos miraba como se mira a las niñas, nos miraba con ojos vacíos y la comisura de los labios entreabierta. Nos miraba cómo un hambriento mira el escaparate de una pastelería. Miraba a través de nosotras, nos desnudaba con ojos perversos, escondido desde el banco dónde yo, hace un segundo, estaba sentada con un pitillo en la boca y Aqualung en mis oídos.
Y ahora me mareo de asco. Porque veo cómo aparece una niña de nueve años, con trencitas apretadas y raspones en las rodillas y camiseta de lo que quiera que vean las niñas en la tele; con el pan debajo del brazo y la vuelta en monedas en sus deditos sudorosos e inocentes. Y le clava la mirada.
Y ya son las cuatro menos diez. ¡Cuánto dan de sí veinte minutos! Aparece el chófer con su uniforme y la cartera al hombro a arrancar la guagua.
Les perdí de vista. Me dio un vuelco al corazón pensando toda clase de barbaridades, cuando al girarme el hombre recoge las monedas que se le habían caído a la niña, con miedo en sus ojos las coloca sobre el banco, y las niña las recoge y sube a la guagua, que arranca y se va.
Acabo de perder mi guagua y ¡casi! el aliento. Qué mal rato, por favor.
La estación se queda vacía a excepción de nosotros dos. Ya no vuelvo a mi escondrijo. No soy capaz de volver al sitio donde se ocultaba el pedófilo, ya no veo ese banco de la misma forma. Me quedo de pie y le atravieso con la mirada.
Lo peor de todo es... la levedad, la falta de interés que fluye de su cuerpo hacia mi, que hace nueve años exactos miraba totalmente diferente.
No sé si intuye la mayoría de edad en mi carnet, no sé si sus cuencas vacías de emoción son capaces de ver que ya no llevo bragas con dibujitos de Teletubbies. No sé si intuye años de dolores menstruales, de masturbaciones a escondidas, de borracheras adolescentes y de laca de uñas negra, de carmín, de anti-ojeras. Nueve largos años de lecturas, películas, novios, novias, heteroflexibilidad, besos franceses, cajas de condones, retrasos, tacones, piercings y tintes y ceras y cuchillas.
El pedófilo se va. Y desde luego nadie va a echarle de menos, ni siquiera recuerdo ya otra cosa que no sea su jersey desteñido y sus cuencas vacías.
Pero me subo a mi guagua con la sensación de haber vomitado, algo que tienes en el estómago y te mata por dentro, y aunque el dolor de barriga se disuelve, el mal sabor de boca persiste.